miércoles, 8 de octubre de 2014

Diario de un apocalipsis zombie–Miércoles, 21 de diciembre de 2011


No sé si se trataría del frío característico de esta época del año o simplemente del pesar que roba toda clase de calor a mi ya curtido corazón, pero esa mañana un escalofrío recorrió toda mi médula de punta a punta y me estremecí entre las sábanas angustiado. Es como si supiera, curiosamente, antes de empezar el día lo que me iba a suceder en el transcurso del mismo. No soy un vidente con un tercer ojo y la asombrosa facultad de ver los días venideros, pero, ¿quién no ha tenido corazonadas que luego resultaban acertadas?

Una vez terminé de abrir los ojos y logré despegarme de las garras de mi cálido catre salté con millones de pensamientos rondando mi cabeza. Esa noche apenas pude dormir con el peso de cincuenta mil almas que habían perdido para siempre su función de toma de decisiones. Y así era. La culpa no recaía directamente en mí ya que yo simplemente acepté formar parte del proyecto, pero igualmente cincuenta mil personas pesan mucho en los hombros aún repartiendo el peso entre unos cuantos.

Con unas marcadas ojeras más típicas del bueno de Jacobo que de cualquier otra persona que pueble la faz de la Tierra, me dirigí a mi puesto de trabajo un día más, con la cabeza igual de baja que todos los días que antecedieron a este. Allí mismo el propio Jacobo, con su camisa perenne y una camiseta que apenas pude leer, me aguardaba para cederme el turno. Había dejado todo recogido y tenía las llaves de su coche en la mano izquierda y una chaqueta descansando sobre el antebrazo derecho. Su cara al verme fue de asombro, imagino que porque me estaría reconociendo como uno de los suyos. Un espantapájaros holgazán del planeta de las ojeras.

- Pareces cansado, ¿una noche larga? – me espetó en un tono que pretendía ser amistoso aunque fuertemente caracterizado por su habitual dejadez.

- No, para nada. He estado toda la noche en mi casa intentando dormir pero me ha sido imposible – le respondí – no he conseguido dormir nada en absoluto. ¿Tú ahora consigues dormir de corrido al llegar a tu casa?

- No suelo dormir mucho – dijo, aunque yo creo que esa información era tan obvia que podría habérsela ahorrado – pero a decir verdad lo poco que duermo lo hago como un niño pequeño. ¿No duermes de lujo sabiendo la cantidad de pasta que nos dan estos tipejos?

Este último comentario me caló un poco hondo. ¿Y la moral de Jacobo? ¿En qué profundo agujero se había escondido? Pensaba que por lo menos alguien más compartiría mi cargo de conciencia, pero parece ser que el dinero es como una venda que te cierra los ojos ante lo que te rodea e igualmente sigues corriendo como si de un caballo asustado se tratara.
Miré a Jacobo unos segundos más a los ojos esperando que se tratara de una broma, pero no resultó ser así. Finalmente lo despaché con un seco «buenos días, Jacobo» y me senté en mi silla a la espera de que otro día sombrío transcurriera sin llamar mucho la atención.

Pero ese día iba a ser bien distinto. Tras una aburrida mañana de control y evaluación de los potentes equipos de Odigos algo nuevo irrumpió en mi monótona rutina. Tres golpes de nudillo en mi puerta de cristal. Sorprendido ante este desconocido evento, ya que para mí era completamente nuevo en todo el tiempo que llevaba allí que alguien golpeara la puerta, giré la cabeza para ver de quién se podía tratar. Acostumbrado a estar toda la jornada en una total y silenciosamente fantasmagórica soledad lo único que podía esperar es que se tratara de Jacobo volviendo a por algún objeto que se hubiera olvidado. Pero no era así.

Se trataba de Alejandra, una doctora que trabajaba en la producción de la vacuna. De unos 40 años, con apenas pocas arrugas de expresión y una cara de profesional que se la pisaba. En ese momento desconocía cualquier tipo de información más acerca de ella, pero allí estaba, con su pelo castaño oscuro recogido en una simpática coleta y sus ojos color azabache, muy seria ella, mirándome con una mueca algo torcida. Quién sabe, a lo mejor abriendo esa puerta la propia Alejandra me brindaría algo más de información sobre ella. Sabiendo que no tenía nada que perder y sin vacilar un sólo momento me levanté raudo de la silla dispuesto a abrirle la puerta a esa quebrada mirada para descifrar qué ocultaba.

- Hola, ¿qué hay? – me soltó nada más abrir la puerta.

- Muy buenas, ¿qué deseas?

- Acompáñame, vamos a un sitio a tomar algo mientras tratamos un asunto – me respondió directamente. Respuesta que me hizo girar la cabeza para echar un vistazo general al equipo con la intención de comprobar si en ese momento podía permitirme el lujo de abandonarlo a su suerte durante unas horas. Efectivamente sí era así, todo estaba en orden. Giré la cabeza de nuevo y cogiendo mi identificador y mi tarjeta magnética de la mesa que yacía justo a mi lado, indiqué a la misteriosa doctora con un gesto de mi cabeza que fuéramos saliendo.

Una vez abandonamos el edificio quise averiguar cuál eran las intenciones de esta mujer. Quería saber de qué clase de cosas teníamos que hablar ella y yo.

- Si no te importa te lo diré una vez lleguemos. No es buena idea hablar al aire libre de esto – me contestó sin ni mirarme tan siquiera. Su mirada seguía fija en la dirección hacia la que avanzábamos.

Inquieto caminé a su lado un largo trecho en un sepulcral silencio. No me atreví a volver a dirigirle la palabra. Atravesamos varias calles. No podía evitar mirar a todos lados para intentar observar si nos seguía alguien o no. A decir verdad, era difícil determinarlo ya que cualquier persona que anduviera por nuestras cercanías nos podría estar siguiendo pero realmente no aparentaban estar haciéndolo.

Finalmente, pasada la plaza de la Merced, unas calles más hacia el norte y en un callejón que se extendía hacia el este unos pocos metros, encontramos un bar. Bastante escondido, la verdad. Se trataba de un bar típico de Málaga de gambitas y cerveza. No era en absoluto un bar de copas exclusivamente. Accedimos a su interior y nada más entrar el cuello del camarero, como un firme resorte, se estiró rápidamente dirigiéndonos una fría y controladora mirada a ambos. La doctora se acercó a la barra y tuvo una conversación con el oído del mozo. Apenas tuvo que susurrar ya que el sonido de un partido de fútbol sobrecargaba el ambiente haciendo que para una simple conversación a escasos centímetros hubiera que volcar toda la atención posible y desgastarse el tímpano con tal de poder seguirle el hilo. Los hombres sentados en la barra alrededor del camarero y de ella, obviamente no escucharon nada. Tras un corto diálogo, el camarero estiró el brazo y agarró una llave que tenía a un lado colgando de una alcayata en la pared. Salió de la barra y se dirigió a una espesa puerta de cristal que había al fondo del bar. Se trataba de una zona VIP que, a saber cómo, mi colega la doctora había conseguido para nosotros solos.

Una vez dentro tomamos asiento en la única mesa que habitaba el reservado. Ambos nos sentamos de espaldas a la cristalera a petición expresa de Alejandra y el camarero rápidamente nos tomó nota.

- ¿Qué van a tomar?

- Yo tomaré una copa de ginebra con limón, pero no me lo cargues más de tres dedos que ya sabes que tengo que trabajar – comentó ella, a lo que acto seguido acompañó una sonrisa de complicidad compartida por el camarero. Esto ya me hizo sospechar algo. – y mi amigo tomará…

- Yo un whisky con hielo – me aventuré. Sabía que esto no era como las reuniones con Fede, aquí no tenía ningún miedo por hablar más de la cuenta, ya que ambos estábamos metidos en el ajo.

Tras el protocolo, el camarero abandonó la cristalera asegurándose de que la puerta estuviera bien cerrada. Pensé en quitarme la chaqueta y la bufanda pero aún dentro del local, el frío calaba hondo en mis huesos así que retuve mi gesto y volví a sentarme bien. Asombrado por el aislamiento que ofrecía aquella habitación miré a la doctora a los ojos esperando a que de una vez por todas me diera una explicación. Y parece que lo conseguí.

- El camarero está metido también en todo esto, no tienes de qué preocuparte. De hecho, esta habitación la mandó hacer para nuestra gente.

- Ah, está bien saberlo. Y, ¿para qué me has traído aquí? – le pregunté, algo asustado ante lo que pudiera salir de sus labios en forma de respuesta.

- Verás, sé que únicamente conocemos nuestros nombres y no sabemos nada más el uno del otro, pero al igual que tú, no conozco a nadie más del edificio. Supongo que para ellos, cuanto menos relación tengamos entre nosotros mejor, pero yo necesitaba hablar esto con alguien.

- No tienes de que preocuparte. Me alegro de estar manteniendo esta conversación contigo. Y bien, ¿de qué se trata? – le insistí. Parecía que iba a tener que sacarle la información con un sacacorchos.

- Pues, verás, es difícil decirlo. Soy bióloga y mi misión en Odigos es producir las mezclas para las vacunas. Imagino que para ti también todo esto será igual de macabro que para mí – me dijo, cosa que me alegró tras haber oído esa misma mañana la opinión de la moral de Jacobo sobre todo esto – Sin duda lo es. Pero además de la cuestionable moral del asunto, tengo una preocupación añadida con todo esto. He estado estudiando la composición de la dichosa vacuna.

- Escalofriante, me imagino.

- Pues sí, un invento del mismo demonio. Es muy triste, ¿no? – me respondió. Acto seguido entró el camarero con los encargos y los colocó en la mesa sin articular palabra – Ah, gracias – le dijo ella – en fin, analizando la vacuna he “visto” un posible efecto secundario que me atemoriza – terminó una vez hubiera abandonado el camarero la mesa.

- ¿De qué se trata?

- Pues verás, es probable que la vacuna no sólo inhiba la capacidad de tomar decisiones de las personas que portan el virus, sino que puede ser que el mismo virus tome control absoluto del centro neuronal del sujeto, dejándolo a su merced absoluta y eliminando cualquier rastro de humanidad. No sé si me entiendes.

- Creo que sí – respondí totalmente atemorizado por lo que acababa de oír. ¿Un virus que puede llegar a destruir a una persona convirtiéndola en un cuerpo desalmado que no actúa por sí mismo? Eso ya sin duda era demasiado.

- Pues estoy asustada, como imaginarás. La vacuna puede matar psicológicamente a una persona. Aquellos que sufrieran estos efectos secundarios morirían cerebralmente dejando de tener cualquier control sobre ellos mismos y careciendo de conciencia. El cuerpo lo acabaría domando el virus y bueno, ya conocemos la naturaleza. Con tal de sobrevivir quién sabe  a qué podría recurrir el virus. Intentaría reproducirse para perpetuarse en el tiempo – argumentó, con un tembloroso labio cortado por el frío. Frío como el que recorría cada milímetro cuadrado de mi piel a cada palabra que escuchaba. Todo esto era espeluznante.

- Y, ¿qué piensas hacer? Eso podría ser muy peligroso.

- Pues, creo que ya es demasiado tarde para hacer nada. Este virus de diseño ya existe y está ahí fuera, implantado en al menos cincuenta mil personas. Hoy otras cincuenta mil estarán cayendo.

- Deberíamos hablar con algún superior y advertirle de todo esto antes de que vaya a peor.

- Créeme, lo he intentado. Pero han sido palabras necias para oídos sordos. El virus ya está ahí fuera. Sólo nos queda rezar porque todo esto que digo no se cumpla, que esté equivocada en algo o que, si tengo razón, que al menos los dichosos efectos secundarios no se manifiesten, porque sino mucha gente inocente morirá cerebralmente.

Bajé la cabeza, hundiéndola entre mis hombros. Ahogué la vista en el fondo de mi vaso de whiskey y me quedé absorto en una sarta de puntiagudos pensamientos. Me invadía el miedo. Miedo ante una posible horda de asesinatos que también pesarían en mis hombros. Sinceramente, eso ya es lo que me faltaba, haberme convertido en un maldito genocida con tal de tener pan que llevarme a la boca. Una vez me aprendí de memoria cada una de las partículas de mi copa volví a clavar la mirada en ella, que no había dejado de mirarme en ningún momento.

- ¿Qué piensas de todo esto? – quiso saber, presa de la angustia que flotaba en el ambiente.

- Que es una jodida mierda – respondí de forma seca – esto ya me está afectando demasiado. Debe haber algo que podamos hacer.

- Lo siento mucho, de verdad. Pero ya te he dicho que no es posible hacer nada, llegamos tarde. Es culpa mía, debí darme cuenta antes.

- No, no te culpes – le contesté, con intención de animarla ante su pesar – por mucho que hubieras descubierto, ¿crees que algo les hubiera parado?

- Ya, tienes razón – dijo, escasamente aliviada – voy a hacer una cosa, si no te importa. Voy a enviarte la composición de la vacuna por si quieres echarle un vistazo.

A mí más que un ofrecimiento para compartir información científica me pareció más bien un intento desesperado por buscar una segunda opinión que demostrara que ella erraba en su deducción. Un desesperado intento que curaría en salud su alma, seriamente agraviada por toda la cruel y sádica moral que envolvía a este proyecto.

- Déjame tu correo del trabajo, si no te importa. Voy a anotarlo – me dijo, inclinándose hacia uno de los lados para explorar el interior de su bolso en busca de algo.

Acepté el facilitarle el correo, por supuesto, ya que sabía que no había ninguna clase de trampa en todo esto. Ella era de fiar y además sabía que estaba metida en todo esto.
Metí mi mano en el bolsillo extrayendo un trozo de papel que sabía con certeza que conservaba allí y rápidamente extraje un bolígrafo de mi chaqueta y anoté mi dirección de correo electrónico en el papelito, con la intención de que no tuviera que molestarse ella en encontrar papel y bolígrafo en su bolso. Todos sabemos como es el bolso de una mujer y no quería hacer que perdiera un valioso tiempo en encontrarlo ahí dentro. Pero este gesto mío no pareció agradarle.

- ¡No! ¿Qué haces? ¡No deberías hacer eso! – me gritó alterada, empujando mi mano contra la mesa y con ella el papel, de manera que no pudiera leerse.

- ¿Qué… qué he hecho? – respondí confuso.

- No debes escribir tu dirección en un papel. ¿Y si alguien nos estuviera espiando? Es un asunto gubernamental, ¿quién sabe qué clase de personajillos manejados por peces gordos de otras naciones pueden estar oliéndose algo raro? ¿No recuerdas que estamos aislados del mundo únicamente por un cristal insonorizado? La única forma segura de compartir esta valiosa información es mediante la voz. Además, por algo nos encontramos de espaldas al cristal, ¡ni tan siquiera queremos que se nos puedan leer los labios! Toda precaución es poca, debes tener más cuidado.

- Perdón, no tenía ni idea. Ha sido un despiste. Disculpa.

- No pasa nada, pero ten cuidado, debes andar con pies de plomo. Recuerda que, como todos, juraste confidencialidad. Debes tener miedo de lo que pueda pasarte si rompes ese juramento – me respondió arrebatándome de un tirón el papelito ya plegado de mis viejos dedos – te enviaré el correo nada más volver.

- ¿Qué buscabas en el bolso entonces? Pensé que estabas buscando un papel para que te anotara mi dirección – le dije, aún impresionado por esa inesperada reacción.

- Buscaba una grabadora para emplear una nota de voz como recordatorio – me respondió. En ese momento comprendí lo estúpido que había sido mi error.

- De acuerdo, deberíamos volver ya a nuestros puestos – concluí tras mirar el reloj. No quería tampoco dejar descuidado el control informático demasiado tiempo.

- Deberíamos – me secundó.

Tras levantarnos y pagar nuestra cuenta en la barra, nos dirigimos de nuevo al edificio. Con una serie de “maniobras de distracción” la doctora se aseguró de que por el camino no hubiera ningún indeseado que pudiera seguirnos hasta el edificio. Una vez dentro, volvimos cada uno de nosotros a nuestros puestos de trabajo sin articular más palabra.
Mi estómago, ya caliente por el efecto del whisky, apenas rugió de hambre. Pude continuar unas horas, gracias a esto, sin tener que llevarme algo al gaznate.

La jornada terminó de forma fugaz. Apenas tuve conciencia del paso del tiempo. Trabajé con la mente en blanco. Supongo que se trataría de un mecanismo de defensa para que no me matara todo lo que había oído ese mismo mediodía. No obstante, se lo agradezco a mi organismo.

Tras terminar mi turno y despedirme de Jacobo, abandoné aquel maldito lugar para dirigirme a mi humilde morada. Una vez allí, recordé que no había leído el correo de Alejandra. Se me había pasado por completo, presa de mi  bien recibido blanqueamiento mental. Abrí mi ordenador portátil y tras arrancarlo accedí a los servidores del proyecto, los cuales actúan bajo el nombre de opecs (Odigos Project Exchange between China and Spain). Una vez dentro introduje mis datos personales para acceder a la bandeja de entrada y allí estaba. Bajo el asunto de “Composición” un correo encabezaba mi casi vacía lista de emails. Abrí el correo y examiné el archivo adjunto, aunque esto no me sirvió de mucho. No entiendo mucho del tema y todo lo que estaba leyendo me estaba sonando a chino, ¿cómo podría saber yo que esa combinación de cosas te manipulan el cerebro llegando incluso a invadirlo completamente? No tengo conocimientos de biología así que por mucho que releyera el contenido del archivo, mis ojos iban a estar analizando letras en vano. Decidí memorizar gran parte de los compuestos para preguntarle en una futura charla a la doctora qué clase de efectos tenía cada uno de ellos.

Una vez finalicé sesión, apagué mi equipo y me incliné en mi silla. Volví a cerrar los ojos, como otras tantas largas noches, esta vez lejos de una barra, para pensar en Laura y en la pequeña Silvia. Ahora el miedo que sentía por ellas era mayor, ya que existía la cruda posibilidad de que el virus las matara, convirtiéndolas en unos simples vehículos de carne y hueso para un virus que únicamente busca su propia supervivencia. El miedo fluyó por todas mis arterias y llegué incluso a maldecir a Alejandra por hacerme conocedor de este horrible efecto secundario. Qué feliz (esto es un decir, claro) era yo en mi sola ignorancia.

Impotente me siento, sin duda. Sólo me queda rezar, como dijo la doctora. Rezar porque el mañana que aguarda a la humanidad sea… bueno, dejémoslo en “menos malo”.

Con mis castigados hombros cargando con el peso de una ya afectada parte de la población mundial, me he tumbado en la cama. Mis ojos se pierden en el vacío y ya no sigo con ganas de escribir. La noche va a ser larga, como dijo en este caso el bueno de Jacobo. Aunque en este preciso instante desearía que fuera por el sentido que tomaba en la frase de Jacobo: ahogando mis penas en bebidas destiladas, sin más preocupación que la de tenerme en pie para no lesionarme de gravedad en el cráneo con una gafe caída.

Sólo espero que nos ampare un mañana mejor.

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