domingo, 1 de septiembre de 2013

El dicho cambia: ¿vivir de pie o morir sentado?

No venimos a ver la vida pasar. Todos tenemos un papel en esta función y debemos desempeñarlo.

Aquella famosa frase que tan épica sonaba, ahora suena como un chirrido desagradable. Hablo del famoso dicho “mejor morir de pie a vivir de rodillas”. Está completamente obsoleto y todos tenemos la culpa.

No quiero aburriros de nuevo con lo del sistema en el que vivimos pero sí transmitir un mensaje que, o al menos esa es mi intención, debería llegar más lejos que todo eso.

Basta con mirar ahí fuera para ver como está el mundo. Y no es nada nuevo, todo esto lleva mal mucho tiempo. La pregunta clara es, ¿existe realmente la necesidad de estar así? Obviamente no. De nuevo basta con dar un vistazo para ver, esta vez, cómo la única crueldad manifiesta en la naturaleza es la necesaria para la supervivencia: matar para comer.

Pero gran parte de la culpa la tenemos nosotros. Se está mucho mejor en el sofá sentados, viendo cómo otros se levantan y protestando de que nada de eso va a servir. Miramos la pantalla y vemos a todas esas personas con pancartas, alzando la voz y plantando cara en ocasiones a policías sospechosamente agresivos. Normalmente, como digo, rajamos de que todas esas cosas no sirven para nada y que esa gente pierde el tiempo. Pero lo que no sabe la persona que se queda sentada en el sofá es que la culpa de que no funcione todo eso es precisamente de ella.

Os voy a proponer una cosa. Imaginad dos superficies enormes de terreno, las mayores extensiones que vuestra cabeza pueda procesar. Un horizonte que se difunde hasta donde la vista no alcanza. Uno a la diestra y otro a la siniestra. Ahora imaginad a toda la población del mundo. Son muchos, ¿verdad? Pues, por último, coged de ese grupo a todos los “peces gordos”. Como suena, coged únicamente a las personas poderosas. Aquellas a las que no les importa lo más mínimo mancharse las manos con tal de cubrirse de riquezas y de poder. ¿Las habéis reunido ya? Muy bien. Ponedla sobre una de las dos superficies, la que queráis.
Ahora levantad la cabeza para volver a ver al resto de la población. Mentalmente ahora os corresponde moverlas hasta la otra superficie, la que quedó libre. Observad bien, ¿qué superficie queda más poblada?

Con este sencillo ejercicio lo que pretendo que quede claro es que somos muchos más los que podríamos luchar por un mañana firme. Si todos nos levantáramos al unísono contra aquellos que juegan con nosotros, podríamos plantarles cara y echarlos del juego sin ningún miedo. La unión hace la fuerza y estamos sumisos por una triste razón: creemos que ellos tienen el poder.
Muchos seguidores de la serie “Juego de Tronos” habréis oído una frase muy acertada que pronuncia Lord Varys (alias “La Araña”), que dice lo siguiente:

“El poder reside donde los hombres creen que reside. Ni más ni menos. (…) Es una farsa, una sombra en la pared. Pero las sombras pueden matar. Y a veces, un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.”

Esta frase no podría ser más acertada y creo que habla por sí sola. Creemos que aquellos hombres que tan grande son a nuestros ojos son quienes tienen el poder. Pero el poder lo tienen aquellos que se mantienen unidos, luchando todos por una misma causa común. Puede que a cada uno de nosotros nos guste un grupo de música diferente, un bando político diferente, distintos deportes o incluso un canon de belleza alternativo. Esas cosas hay que dejarlas pasar. Son cosas que no nos enfrentan, simples gustos que debemos respetar. Pero sí debería haber un levantamiento general por la paz como ya intentaran conjuntos sociales como los “hippies”.

Una prueba muy fehaciente de lo absurdo que es la invisibilidad del poder se encuentra directamente en las guerras. Vamos a remontarnos a cualquier época presente y pasada, dentro de un marco geopolítico. Las personas divididas claramente en estratos según el poder que existiera en ellas (y esto siempre ha sido así, no penséis en absoluto que las sociedades clasistas llegaron a desaparecer). Si dividimos como hicimos antes en el ejercicio de las superficies, tendremos dos grupos: los que mandan y los que obedecen. Ahora bien, la situación es la siguiente: los que mandan “tienen el poder” y lo disfrutan a diario mientras que los que obedecen pagan por no “tener el poder” y trabajan para los que “sí lo tienen”. Llegado un momento, por un motivo o por otro, un señor poderoso (o varios) decide que es el momento de atacar otro territorio. Puede que lo que le llame la atención sea el petróleo, unas tierras fértiles, una útil situación geográfica para futuros conflictos… Sea lo que sea es evidente que el fin común es obtener más riqueza y poder, ¡obvio! Bueno, pues llegado este momento, el susodicho señor decide arramblar contra esa porción de tierra en la que vive otro señor con populacho propio que obedecerá igualmente las órdenes que emanan de su temible poder. Pero atención, que ahora viene lo delicado. Ellos quieren terrenos y juran luchar por conseguirlo pero, ¿quién lucha por ello? ¿Conocéis algún ser poderoso que luche él sólo contra otro ser poderoso para obtener las tierras que tanto desea? Más bien, lo que ocurre es que aquella gente que pertenece al señor “A” se va a dejar la vida con tal de arrancársela a aquellos buenos hombres que pertenecen al señor “B”. Pero al final de este entuerto, graciosamente, tanto “A” como “B” ni siquiera han llegado a mancharse el cuello de sus camisas. Así de trágica es la realidad, señoras y señores. Luchamos por ellos porque nos lo dicen. Si el ejército de “A” machaca al de “B” y se lo lleva a él por delante conseguirán todo lo que se propone “A”. Ahora bien, en toda esta historia ha surgido un pequeño detalle que además antes os mencionaba y tal vez hayáis pasado por alto: la unión hace el verdadero poder. ¿Lo veis ahora?
En este caso se trata de una unión violenta, pero obviamente yo no hacía referencia a ese tipo de violencia anteriormente. Cuando hablo de luchar por la paz, a diferencia de lo que los gobiernos entienden hoy en día, hablo de luchar en sentido anímico, con una carencia total de violencia por parte de los implicados.

Y es que deberíamos motivarnos de alguna forma. Sentir una llama que nos despierte, que despierte nuestro espíritu luchador. Debería haber un germen que se extendiera y diera lugar a nuestra verdadera naturaleza. No somos conformistas que reposan sus agotadas espaldas en el sofá, somos personas. Seres humanos. Y no nos debemos conformar con pagar el pato. Debería haber alguien que pudiera arrancar un grito a todos los que enmudecieron hace tiempo. Deberíamos bajar a aquellos quienes creen que son poderosos. El poder no está en el dinero, el dinero es un papel: ¡no tiene más valor que eso! Lo único valioso son nuestras vidas y desgraciadamente es con lo que ellos juegan inconscientemente día tras día.

Imaginad, como dijo Jhon Lennon, sólo por un segundo, un mundo en paz. Nos podríamos mirar a las caras y sonreír. Lamentablemente esto está más lejos de lo que pudiéramos desear, mientras que, irónicamente, podría suceder rápidamente en cualquier momento.

Tenemos el dilema de que no es fácil calar en el corazón de la gente. Habrá personas que, de manera innata, tienen ese hervor en la sangre que les hace sentirse indignados y golpear con fuerza la mesa. Personas que no necesitan más que un ligero incentivo para intentar rectificar este encorvado laberinto al que llamamos mundo.
Igualmente, coetáneamente a estas personas, existirán otras que, pese a ver el horror y la muerte, el hambre, la manipulación y la crueldad en el telediario todas las mañanas, continuarán impasibles, sin inmutarse lo más mínimo. Estas personas no son conscientes de lo que les rodea, y no lo digo por decir. Estas personas no pueden entender que más allá de ellas y la pantalla, esas cosas horribles que ven en sus salones están ocurriendo de verdad. Donde algunos ven un escenario bélico en el que una madre llora frente al cadáver de un niño existe una realidad más cruel. Existe una madre que está llorando porque acaba de perder, en un conflicto que ella no ha pedido, a la persona que más quería en el mundo. Acaba de perder a sus mismas entrañas, quien saliera de dentro de ella hará unos años. Esa mujer no va a recuperar nunca a su hijo. Lo acaba de ver morir acribillado por la metralla ante sus propios ojos.
A estas personas a las que, ojo, no considero que sean culpables de nada sino más bien se les podría considerar “dormidas” ante todo lo que ocurre (no es culpa suya, reaccionamos de manera distinta ante lo que nos rodea), les invitaría a sentarse y reflexionar. Apagar todos los aparatos electrónicos y apartarse de cualquier persona para estar a solas con sus cerebros. Solo así podrán reflexionar de verdad. Ahora bien, queridos “dormidos” (si consideráis que sois alguno de esos): ¿qué pensaríais si ahora mismo España estuviera en guerra y ante vuestros brazos tuvierais el cuerpo aún caliente de vuestras madres, acribillada cruelmente. Tendríais ante vuestros ojos el inerte trozo de carne de la persona que os trajo al mundo, esa persona de la que guardáis tantos lindos momentos de la tierna infancia, momentos que sin duda se os estarían viniendo a la mente con la evidente idea de que ya no van a volver a repetirse. Sólo de pensarlo, al menos a mí, se me ponen los vellos de punta y me entran ganas de pedir al destino que nunca ocurra eso.
Lo que quiero decir con este siniestro ejemplo es que, tal vez, lo que estamos es faltos de realidad. Quizás, aunque sólo fuera reflexionando, deberíamos impregnarnos de todo lo que nos rodea. Tan fácil como pensar (¡detalladamente!): ¿y si esto me ocurriera a mí?

El verdadero problema de esas personas del sofá reside en la idiotización. Tendemos a pensar: ¿para qué voy a salir de aquí, con lo a gusto que me encuentro en mi sofá viendo mi tele que yo mismo he luchado por conseguir para luchar por los problemas de otros? Bien amigos, lo que os voy a decir va más allá de las religiones y los mensajes de “luchar por el prójimo” que estas promueven: hay que salir a ayudar a los otros porque precisamente el mundo está pidiendo ayuda a gritos.
Pero como digo, estamos idiotizados. Idiotizados por unos titiriteros que nos quieren así. Mientras estemos conformes con todo lo que hemos conseguido no estaremos dando por saco mientras los adultos hacen sus cosas de mayores ahí fuera.
Tenemos que darnos todos cuenta, y esto se logra lanzando mensajes a quienes nos rodean, de que la situación real es ésta y estamos cayendo en su trampa.

En fin, no me dejo llevar más. Sólo espero que este mensaje haya despertado algo en vuestro interior. Dudo que a la mañana siguiente me levante con las calles de mi ciudad clamando paz, irrumpiendo en mis sueños con tales buenas noticias. Pero no obstante, me llenaría de felicidad saber que algo ha llegado a vosotros y que he despertado aunque sea la más ínfima de las ascuas en vuestro interior.

Para derrumbar una montaña ha de caer siempre la primera piedra, el resto vendrá detrás. Pero si no hay primera piedra no hay caída.

Espero que os haya hecho reflexionar como a mí me lo ha hecho el escribir mis pensamientos.

Salu2